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EGO: ¿Enemigo o maestro silencioso?

EL EGO.

Muy buen día, soy Fernando Bernal Martín, kinesiólogo cuántico, de la Escuela Internacional de Kinecuántica y del Centro Vida Sana. Ambas instituciones me encargan hacer estos artículos cuya finalidad es estimular a nuestro alumnado y a quienes eventualmente pudieran leerlos para contribuir a su formación como terapeutas o elevar sus niveles culturales.

Para hoy he escogido el tema de “el ego”, que me parece muy relevante, de interés y actualidad y no exento de ciertas controversias, pues el desarrollo de la investigación en este campo, como en el de muchas otras emociones, sigue estando lleno de prejuicios y desconocimiento. El ego, es uno de mis más duros y eficaces maestros y por ello le presto mucha atención, pues me ayuda a transitar por la vida a pesar de mi mismo.

Comencemos. El ego es una de las fuerzas internas más influyentes en la experiencia humana. Se manifiesta como la idea que cada persona construye sobre sí misma y sobre su lugar en el mundo. Aunque a menudo se lo interpreta de forma negativa, en realidad el ego cumple funciones esenciales para la supervivencia y la estructura psicológica. El ego es un gran guía y un maestro de valor inestimable.  Comprender su origen, sus mecanismos de acción y sus efectos resulta clave para cualquier persona que transite caminos de autoconocimiento, crecimiento interior o prácticas terapéuticas como la Kinecuántica.

El origen del ego está estrechamente relacionado con el desarrollo de la identidad. Desde la infancia comenzamos a diferenciarnos del entorno. Percibimos que hay un Yo que siente, piensa y actúa, y un exterior que responde a esas acciones. Esta separación es necesaria para poder interactuar con el mundo. A través de las experiencias tempranas, en especial aquellas que involucran aprobación, rechazo, afecto o carencias, la mente va formando una estructura que busca seguridad y reconocimiento. 

La aparición del ego como un elemento de nuestra evolución, no es un error ni un defecto espiritual. Surge como una respuesta adaptativa que nos ayuda a interpretar la realidad, anticipar peligros y construir un sentido de continuidad. Sin embargo, a medida que crecemos, el ego tiende a convertirse en un filtro rígido que condiciona nuestra percepción. Ya no solo nos ayuda a sobrevivir, sino que intenta proteger una imagen interna aprendida, muchas veces limitada o distorsionada.

Los mecanismos de acción del ego son variados y sutiles. Uno de los principales es la identificación. La mente se adhiere a roles, creencias y etiquetas con el propósito de darle al yo una forma estable. La persona se identifica con su profesión, su historia familiar, sus logros o sus heridas, creyendo que todo ello es la totalidad de lo que es. Esta identificación reduce la amplitud del ser, pero brinda una sensación temporal de estabilidad. 

Otro mecanismo fundamental es la comparación. El ego se fortalece cuando puede ubicarse por encima o por debajo de los demás, ya que su existencia depende de establecer diferencias. La comparación genera polaridades como éxito y fracaso, valía e insuficiencia, reconocimiento y rechazo. Aunque pueda parecer un proceso racional, en realidad es un funcionamiento automático que consume una gran cantidad de energía emocional.

También es característico del ego el deseo de control. Temiendo la incertidumbre, crea narrativas que permiten predecir lo que ocurrirá. Cuando las circunstancias contradicen esas narrativas, aparecen la frustración, la resistencia o la necesidad de justificar acciones y emociones. El control es un intento de tener intacta la imagen que el ego ha construido. Otro mecanismo importante es la proyección, mediante la cual la persona atribuye a otros aquello que no reconoce como propio. Emociones como la envidia, la irritación o el juicio suelen mostrar facetas internas no aceptadas, pero el ego las coloca fuera para proteger su idea de sí mismo.

Los efectos del ego pueden ser tanto constructivos como limitantes. En su aspecto funcional, brinda cohesión psicológica. Permite tomar decisiones, asumir responsabilidades y mantener un sentido de individualidad necesario para desenvolverse en la vida cotidiana. Sin un ego saludable sería difícil establecer límites, expresar necesidades o sostener una dirección personal. Sin embargo, cuando el ego domina por completo la experiencia, los efectos se vuelven restrictivos. Uno de los más visibles es el sufrimiento emocional. La necesidad constante de validación externa, el temor al juicio, la presión por cumplir expectativas y la incapacidad para aceptar errores son señales de un ego que actúa desde la inseguridad. La persona vive en un estado de defensa permanente, interpretando el entorno como una amenaza a su identidad aprendida.

Otro efecto importante es la desconexión. El ego tiende a separar, definir y dividir, por lo que dificulta percibir la unidad subyacente entre los seres humanos. Cuando domina, la empatía se reduce y resulta más difícil reconocer en el otro un reflejo de uno mismo. Esta desconexión no solo es interpersonal, sino también interna. El ego privilegia ciertos aspectos de la personalidad y rechaza otros, creando fragmentación. Uno puede sentirse dividido entre lo que siente y lo que cree que debería sentir, generando tensión y confusión. En prácticas terapéuticas o de crecimiento personal, esta desconexión puede impedir que la energía fluya, que la intuición se exprese y que los procesos de sanación sean profundos.

El ego también afecta la percepción de la realidad. Filtra la experiencia según su propia historia, creando interpretaciones que no siempre coinciden con lo que realmente está ocurriendo. Estas interpretaciones pueden conducir a conflictos, malentendidos o decisiones basadas en suposiciones. La realidad queda empañada por condicionantes aprendidos. Así, el ego limita la expansión de la conciencia, fija la atención en lo conocido, retrasando el descubrimiento de nuevas posibilidades. Si se identifica mucho con sus creencias, la persona se cierra a aprender, cuestionarse o transformar patrones.

A pesar de todas estas limitaciones, el ego puede convertirse en un aliado cuando se lo comprende y se lo integra. No se trata de eliminarlo, sino de reconocerlo. Cuando la persona observa sus mecanismos sin juzgarlos, emerge un estado de mayor presencia y libertad. El ego deja de ser un amo para convertirse en un instrumento. La conciencia se expande, la identidad se vuelve más flexible y se abre un espacio donde la intuición, la creatividad y la conexión profunda con uno mismo pueden florecer.

Comprender el ego es comprender una parte esencial de la experiencia humana. Al estudiar su origen, sus mecanismos y sus efectos, cada estudiante puede comenzar a transformar su relación con él. Este proceso lleva a una vida más equilibrada, auténtica y conectada con la esencia, permitiendo que el crecimiento interior no esté limitado por viejos condicionamientos, sino guiado por una presencia más consciente y libre.

Con todo mi cariño. Fernando Bernal Martín.

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