Saludos. Soy Fernando Bernal Martín, kinesiólogo cuántico de la Escuela Internacional de Kinecuántica y el Centro Vida Sana, instituciones dedicadas a la investigación, la docencia y la atención clínica en terapias holísticas. Desde este espacio comparto artículos nacidos de mi curiosidad, del placer de investigar y aprender y, especialmente, del deseo de estimular el conocimiento, la reflexión y el pensamiento crítico entre nuestro alumnado y todas aquellas personas que tengan interés en acompañarnos en esta aventura de aprender.
En un artículo anterior hablamos de la tectónica de placas y de cómo la Tierra, aparentemente tranquila bajo nuestros pies, se encuentra en permanente transformación. Hoy quiero invitarte a conocer una de las manifestaciones más impresionantes de esa actividad: los terremotos, especialmente frecuentes en numerosas regiones de Centroamérica y Sudamérica, donde millones de personas conviven con una realidad geológica que, de vez en cuando, nos recuerda que nuestro planeta no es precisamente aficionado a permanecer inmóvil.
Un terremoto, también denominado sismo o seísmo, es una sacudida del terreno producida por la liberación repentina de energía acumulada en el interior de la Tierra. La mayoría se origina cuando las rocas, sometidas durante mucho tiempo a grandes tensiones, se fracturan o se deslizan bruscamente a lo largo de una falla geológica. Esa energía se propaga mediante ondas sísmicas que hacen vibrar el suelo.
El punto del interior terrestre donde comienza la ruptura se denomina hipocentro, mientras que el lugar de la superficie situado directamente sobre él recibe el nombre de epicentro. La magnitud expresa el tamaño del terremoto a partir de las señales sísmicas registradas, mientras que la intensidad describe sus efectos en un lugar determinado. Por eso, un mismo terremoto puede sentirse de manera muy diferente según la distancia, la profundidad, el terreno y las características de las construcciones.
Pero ¿por qué Centroamérica y Sudamérica presentan una actividad sísmica tan importante?
La respuesta se encuentra principalmente en la interacción de varias placas tectónicas. Buena parte de la costa occidental de América forma parte del denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, una extensa región caracterizada por la presencia de zonas de subducción, volcanes y numerosos terremotos.
En Sudamérica, la placa oceánica de Nazca se desplaza hacia la placa sudamericana y se hunde progresivamente bajo ella. Este fenómeno, conocido como subducción, ha contribuido durante millones de años a la formación de la cordillera de los Andes y explica buena parte de la actividad sísmica y volcánica de Chile, Perú, Ecuador y Colombia.
Chile constituye uno de los ejemplos más representativos. En 1960 sufrió el terremoto de Valdivia, de magnitud 9,5, considerado el mayor registrado instrumentalmente. Perú y Ecuador también han experimentado grandes terremotos, algunos acompañados de tsunamis, mientras que Colombia presenta una compleja situación tectónica relacionada con la interacción de varias placas y bloques geológicos.
En Centroamérica, la placa de Cocos se hunde bajo sectores de la placa del Caribe y del bloque de Panamá. Este proceso, junto con distintos sistemas de fallas, contribuye a la actividad sísmica de Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Cada país presenta particularidades geológicas, pero todos comparten la necesidad de conocer sus riesgos y prepararse para ellos.
La actividad sísmica no se limita a las costas del Pacífico. En el Caribe existen importantes sistemas de fallas y zonas de interacción entre placas que afectan a diferentes territorios, incluidas algunas regiones del norte de Sudamérica y las Antillas.
Conviene recordar que no todos los terremotos tienen consecuencias catastróficas. Muchos son tan pequeños que únicamente pueden detectarse mediante instrumentos especializados. Otros se perciben como una vibración breve y apenas producen daños. Sin embargo, los terremotos de gran magnitud, especialmente cuando ocurren cerca de poblaciones vulnerables, pueden ocasionar graves pérdidas humanas y materiales.
Sus efectos dependen de numerosos factores: la magnitud, la profundidad del foco, la distancia a las poblaciones, las características del suelo y, especialmente, la resistencia de las edificaciones. Dos ciudades expuestas a sacudidas semejantes pueden experimentar consecuencias muy distintas si sus construcciones y sus sistemas de prevención son diferentes.
Además del movimiento del terreno, los terremotos pueden provocar deslizamientos de laderas, desprendimientos de rocas, daños en carreteras, interrupciones del suministro de agua y electricidad e incendios asociados a instalaciones deterioradas. En determinados terrenos saturados de agua puede producirse licuefacción, un fenómeno por el que el suelo pierde temporalmente parte de su resistencia y puede deformarse o hundirse.
Cuando un terremoto submarino desplaza de manera importante la columna de agua, especialmente mediante movimientos verticales del fondo oceánico, puede originar un tsunami. Estas grandes ondas marinas pueden recorrer enormes distancias y causar inundaciones devastadoras en las costas. Sin embargo, no todos los terremotos submarinos generan tsunamis.
Una cuestión especialmente importante es que, a pesar de los avances científicos, todavía no podemos predecir con precisión el día, la hora, el lugar y la magnitud de un futuro terremoto. Sí podemos identificar regiones de mayor peligrosidad, estudiar las fallas activas, mejorar las construcciones y desarrollar sistemas de alerta temprana que, en determinadas circunstancias, proporcionan algunos segundos de aviso después de iniciado el sismo.
Por eso, la prevención constituye nuestra herramienta más valiosa. Construir de acuerdo con normas sismorresistentes, evitar edificaciones en terrenos especialmente peligrosos, preparar planes familiares de emergencia y conocer las recomendaciones de protección puede salvar numerosas vidas. Durante una sacudida, en términos generales, se recomienda agacharse, cubrirse y sujetarse, evitando correr hacia las salidas mientras el suelo está temblando. En zonas costeras expuestas a tsunamis, una sacudida fuerte o prolongada puede exigir desplazarse hacia terrenos elevados tan pronto como sea seguro hacerlo, sin esperar necesariamente una alerta oficial.
Pero hay otra dimensión de los terremotos que merece nuestra atención: su influencia sobre la salud humana.
Las consecuencias físicas pueden incluir traumatismos, fracturas, heridas y otras lesiones. También pueden agravarse enfermedades preexistentes cuando los hospitales, los medicamentos o los servicios sanitarios dejan de estar disponibles. La interrupción del abastecimiento de agua potable y de los sistemas de saneamiento puede aumentar los riesgos para la salud pública.
Y no debemos olvidar las consecuencias emocionales. El miedo, la incertidumbre, la pérdida de seres queridos, la destrucción del hogar y la sensación de inseguridad pueden dejar huellas profundas. Algunas personas experimentan alteraciones del sueño, ansiedad, tristeza o respuestas de estrés que requieren comprensión, acompañamiento y, cuando corresponde, atención profesional.
Una catástrofe no termina necesariamente cuando deja de temblar la Tierra. Para muchas familias comienza entonces un largo proceso de recuperación que implica reconstruir viviendas, recuperar trabajos, restablecer servicios y encontrar nuevamente cierta tranquilidad.
En estas circunstancias, la solidaridad adquiere un valor extraordinario. La cooperación entre comunidades, instituciones, profesionales sanitarios y organizaciones humanitarias puede marcar una diferencia decisiva. La ayuda resulta especialmente valiosa cuando responde a las necesidades reales de las poblaciones afectadas, respeta su dignidad y se coordina con los equipos locales.
Desde nuestra mirada dedicada a la salud y al bienestar humano, considero importante recordar que acompañar a una persona afectada por un terremoto no consiste únicamente en atender sus posibles lesiones físicas. También implica escucharla, comprender sus temores, respetar sus tiempos y ayudarla a recuperar la confianza en su entorno.
La ciencia nos enseña que los terremotos son fenómenos naturales relacionados con la dinámica de nuestro planeta. No son castigos, advertencias sobrenaturales ni consecuencias de comportamientos humanos. Son procesos geológicos que existen desde mucho antes de nuestra aparición como especie y que continuarán produciéndose en el futuro.
La Tierra no conoce nuestras fronteras políticas. Las placas tectónicas se desplazan indiferentes a los mapas, los idiomas y las nacionalidades. Por eso, cuando un terremoto afecta a una comunidad de Centroamérica o Sudamérica, debería recordarnos que compartimos no solamente una historia geológica, sino también una responsabilidad humana.
No podemos impedir que la Tierra tiemble, pero podemos reducir considerablemente sus consecuencias mediante el conocimiento, la prevención, la educación y la cooperación. Y cuando, a pesar de nuestros esfuerzos, una catástrofe golpea a una población, siempre podemos decidir cómo responder.
Quizás ahí se encuentre una de las reflexiones más importantes que nos dejan estos acontecimientos: frente a las enormes fuerzas de la naturaleza, nuestra verdadera fortaleza no reside en pretender dominarlas, sino en comprenderlas y en aprender a cuidarnos unos a otros.
La Tierra seguirá moviéndose, nos guste o no. No necesita nuestro permiso para liberar sus tensiones ni para continuar su interminable transformación. Y aunque todavía no sabemos cuándo ocurrirá el próximo gran terremoto, sí podemos prepararnos mejor para afrontarlo.
Vivimos sobre un suelo que cambia, pero podemos sostenernos en algo que sí está en nuestras manos: el conocimiento, el cuidado y la solidaridad.
Con todo mi cariño.
Fernando Bernal Martín.
